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Abandonar la prisa

Abandonar la prisa

El sabio rey Salomón escribió: El que corre más rápido no siempre gana la carrera; el ejército más poderoso no siempre gana la batalla; el más sabio no siempre consigue dejar de ser pobre; el más astuto no siempre consigue hacerse rico y una persona educada no siempre recibe la recompensa que merece. Todos tienen sus buenos y malos tiempos. Nadie sabe qué le irá a pasar.

Cuando veo a las personas así con prisa, viviendo a velocidad vertiginosa, aceleradas, volcadas en la respuesta inmediata, la conexión 24 horas, la producción a pleno rendimiento, actuando con una frivolidad inconsciente, saltando sin cesar de una tarea a otra, compitiendo estérilmente, enfermos de ansiedad y estrés, disfrutando sólo de un día del fin de semana (el otro lo dedican al «hacer»), deseando tener vacaciones eternas y deprimidos al regreso (les quedan doce meses para volver a «vivir»), me planteo si este ritmo precipitado les deja tiempo para detenerse a pensar si en verdad quieren ir hacia donde están yendo, o si el destino de ese trayecto tiene algún sentido. Van sin mirar a su alrededor, sin frenar, respirar ni observar lo que les pasa.

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Mi tiempo

Mi tiempo

Llevamos años corriendo sin parar, sin saber bien a donde vamos, exclamando a todas horas que nos falta tiempo, aprisionados por una prisa insana que nos enfermaba de estrés.

En esa celeridad, no descansábamos ni el fin de semana, todo era una tarea y una obligación, por eso siempre estábamos cansados. Ahora el tiempo se detiene, y nuestra queja cambia: ¡me aburro! ¡no sé qué hacer en casa todo el día!

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